Sobre los recientes sucesos en Estados Unidos

Los sucesos del 6 de enero, cuando seguidores del presidente Trump asaltaron la sede del Congreso para impedir que éste validaría el triunfo electoral de Joe Biden, es otra expresión de la decadencia de ese Estado Imperialista.

Durante muchos años, Estados Unidos se ha vendido ante el mundo como el modelo de democracia a seguir, incluso por encima de las naciones europeas, donde surgió la democracia representativa, régimen político de la sociedad capitalista. Esa imagen acaba de sufrir un duro golpe, pues su sistema político está experimentando lo mismo que propicia en países donde ejerce agresión, como Venezuela, Bolivia y otros.

Esos hechos recuerdan los del 9 de febrero del años pasado en El Salvador, cuando el presiente Nayib Bukele, de la misma ideología dictatorial de Trump, irrumpió con violencia y con apoyo militar en la Asamblea Legislativa, donde no pudo consumar un Golpe de Estado parlamentario que hubiera generado un baños de sangre y que habría dado al traste con el propio Gobierno.

La clase dominante de Estados Unidos, la que controla los aparatos de poder, tiene dos partidos que representan los mismos intereses. Ambos tienen un historial nefasto de ataques hacia los procesos y gobiernos revolucionarios de otros países, mediante invasiones militares y golpes de Estado perpetrados con el apoyo de grupos internos de poder, sobre todo militares y oligárquicos.

Cuando en un país surge un gobierno de izquierda o progresista, de inmediato es objeto de ataque por parte del Estado norteamericano. La agresión se da en el terreno político, ideológico, económico y militar. Sobran los ejemplos. Y el próximo presidente, Joe Biden, ha sido parte de ese accionar violento, pues en su cargo de Vicepresidente durante la gestión de Barak Obama, fue partícipes de los ataques a Venezuela, Libia, Siria y otros países.

Pero la identidad de propósitos de ambos partidos no significa que no tengan diferencias en cuando a la política a aplicar desde el gobierno, tanto la política interna como la internacional. Es alrededor de esa política, que no representa intereses populares sino de los grupos de poder económico y militar, donde en determinados momentos se dan confrontaciones. El asesinado del presidente kennedy, en 1963, fue el resultado de esas contradicciones. También el fraude electoral contra Al Gore en las elecciones de 2002.

Lo que ocurre en Estados Unidos es una contradicción entre un grupo de poder que respalda un cambio de partido en el gobierno, para modificar algunos rasgos de la política anterior y un grupo que quiere seguir gobernando para mantener su estrategia. El conflicto tiene como trasfondo el deterioro económico y político de una nación amenazada sobre todo por el desplazamiento de China.

El Gobierno de Trump exacerbó el racismo contra la población negra y emigrante, recortó beneficios sociales, confrontó con organismos internacionales, aplicó una política proteccionista para frenar la entrada de productos chinos y de otros países e incentivó la inversión privada (recortó la renta de 35% a 24%), para lograr altas tasa de crecimiento y detener el proceso de desplazamiento por parte de China como primera economía mundial.

Pero la política exterior de Trump, que también fue agresiva hacia los gobiernos de izquierda (incluyendo el golpe de Estado en Bolivia), no fue más violenta que la de Obama, quien no solo hizo destrozos en los países que agredió militarmente, sino que aumentó las bases militares en Colombia y dio Golpes de Estado en Honduras, Paraguay, Brasil, Ucrania y Kirguistán. Como Obama no pudo detener el avance de China, cuyo PIB se sigue acercando al de Estados Unidos (17% contra 23% del PIB mundial), el grupo que puso a Trump a gobernar optó por el proteccionismo. Como también fracasó, perdió el gobierno.

Pese a las acciones ilegales y criminales del grupo que apoya a Trump, el Congreso finalmente avaló la victoria de Biden. ¿Qué seguirá? El nuevo presidente será más violento con la izquierda mundial, pues el momento del desplazamiento de Estados Unidos por parte de China y el bloque Asiático, como primera potencia económica y política, se aceleró tras la crisis generada por la pandemia del COVID. Mientras su economía de Estados Unidos cayó alrededor de -6% en 2020, la china creció cerca de 2%. Y las proyecciones para este año son más amenazantes para Estados Unidos.

Para detener a China, la India y Rusia y mantener la hegemonía mundial, que es el problema estratégico fundamental de la clase dominante de Estados Unidos, ese país tiene que controlar los mercados y las materias primas minerales y energéticas de Suramérica, de algunos países árabes y de Euroasia. Si no lo logra, su desplazamiento será inevitable y será muy positivo para la izquierda mundial. Mucho de lo que ocurra dependerá de lo que hagan las fuerzas revolucionarias y progresistas del mundo.

7 de enero de 2020

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