Bukele fracasó en su intento de Golpe de Estado Parlamentario

El pasado nueve de febrero, el presidente Nayib Bukele ocupó militarmente el recinto parlamentario, donde había alrededor de 20 diputados y diputadas de derecha que lo respaldan, se sentó en la silla del presidente de la Asamblea Legislativa, insultó a los diputadas y diputadas, amenazó con tomar una decisión trascendental, oró y luego desistió de tomar la decisión porque “Dios le pidió paciencia”.

Es obvio que el presidente Bukele no tiene condiciones para ocupar el cargo que ostenta. Sus instintos violentos, su constante perturbación anímica y su vocación autoritaria lo descalifican para ser presidente de la república. Bukele no solo es un incapaz y un desenfrenado, sino un político inclinado a mentir y atropellar el mismo orden constitucional que le permitió ser presidente.

El pasado domingo, el país estuvo al borde de un Golpe de Estado Parlamentario y de una desestabilización general de su vida política, social y económica. De consumarse la acción que el presidente quiso llevar a cabo, en este momento no habría orden legal y reinaría el caso. Y todo porque el presidente y su grupo desean buscar respaldo para las elecciones legislativas y municipales de 2021. Eso quedó muy claro cuando el propio Bukele dijo que en febrero de 2021 el pueblo les pasará la cuenta a los actuales diputados.

El presidente ha enmascarado su anticipada batalla política electoral en un supuesto reclamo a la Asamblea Legislativa para que apruebe su pedido de gestionar un préstamo de 109 millones para seguridad pública. Dicho préstamo tiene un partida de 25 millones para servicios de videovigilancia que proporcionaría la empresa que financió un viaje de lujo del director de centros penales. O sea, es un préstamo para fomentar la corrupción pública y privada.

Pero lo que Bukele desea no es tanto el préstamo, sino confrontar con la Asamblea para hacerse la víctima y pedir votos para 2021, amedrentar al Órgano Legislativo y vender la imagen de un presidente resuelto, con don de mando y capaz de doblegar a cualquier adversario. Y si la correlación se lo permitía, también daba el Golpe Parlamentario.

Lo cierto es que el presidente anda descontrolado porque, entre otras cosas, la percepción del pueblo sobre su gobierno tiende a ser negativa. Y es normal que así sea, porque en ocho meses lo único que ha hecho Bukele es despedir a casi 7,000 empleados y empleadas públicas, suprimir programas sociales, encarecer algunos bienes y servicios, congelar salarios, desatar una crisis de salud y agua y entregarle la soberanía al Gobierno de Estados Unidos.

Su intento de golpe parlamentario fracasó y ha concitado el rechazo de amplios sectores del país y del exterior, pero dejó un precedente que no debemos ignorar. Bukele no debe quedar impune ante su acción temeraria y violatoria del orden constitucional.

La dirección del FMLN actuó correctamente en esta coyuntura, pero le queda el reto de buscar las alianzas necesarias para crear correlación contra el enemigo principal y de mantener a su militancia activa, vinculada al pueblo y en disposición de lucha para defender el orden constitucional.

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