La realidad de gobernar sin teléfono

El Salvador es una nación socialmente compleja, por costumbre los salvadoreños no tenemos reparos en luchar por nuestros derechos y  a lo largo de nuestra historia como República han sido varios los dictadores a los que nos hemos enfrentado, varias las causas por las que hemos derramado nuestra sangre y muchos los héroes y heroínas han dado su vida por esta patria.

Los salvadoreños no toleramos las imposiciones ni los intentos autoritarios de Bukele y sus funcionarios para obtener el poder total y terminar con nuestra joven vida democrática.

Sin embargo, la sociedad salvadoreña, las instituciones y los otros poderes del Estado han puesto esta semana claros límites a las acciones autoritarias de Bukele.

En respuesta, en dos apariciones públicas luego de dos meses de ausencia,  fuera de la comodidad y la ficticia seguridad de su teléfono, Bukele desconfiguró su artificial popularidad, deshizo su imagen de presidente moderno y nos mostró su histérica conducta: en 72 horas desnudó plazas fantasma, sobresueldos,  nepotismo, persecución a la libertad de expresión, ignorancia jurídica, desconocimiento del funcionamiento del Estado, irrespeto a la Constitución, y desinterés y desprecio por los pobres.

Bukele proyectó la imagen de un caprichoso caudillo dispuesto a pelear con todos y contra todo lo que no sea de su discurso mesiánico.

Nuevamente se equivoca. Varios ciudadanos valientes interpusieron recursos de inconstitucionalidad para detener sus locuras, los diputados formularon una nueva propuesta de ley de emergencia,  más integral y con mayor consenso, también 26 organizaciones promotoras de la democracia solicitaron a la OEA intervenir en el conflicto de poderes generado por Bukele,  a lo que se suma el incremento de la protesta social y de las banderas blancas suplicando por alimentos en todo el país.

Bukele al salir de su escondite y enfrentar la realidad no logró calmar la tensión social producto de la pandemia, más bien la incrementó, porque no hay discurso ni técnica mediática que quite el hambre, ni imagen ficticia que derrote a la ética y al espíritu democrático de los salvadoreños.

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