Usar la religión como catalizador del poder es más peligroso que apagar el fuego con gasolina

Nuestra vida como república ha estado llena de saltos y sobresaltos, como sociedad hemos visto los más nobles actos de humanismo y también masacres y genocidios cometidos por las dictaduras, y así tenemos como un símbolo de la defensa de los derechos humanos a nuestro pastor y mártir San Romero de las Américas y en sentido contrario a muchos militares crueles, como los que ordenaron y asesinaron a los padres jesuitas.

No obstante, parece que como sociedad aún nos falta mucho más por ver a causa de las acciones arbitrarias y antidemocráticas del  presidente Bukele.

Lamentablemente se repitieron imágenes del pasado de policías orando de rodillas junto a sus armas que nos hicieron recordar hechos dramáticos de la guerra, mientras otras nunca vistas en el país ocurren, como la de activistas políticos de Nuevas Ideas, el partido de Bukele, postrados en dirección a la Meca, en una clara muestra de fanatismo.

El propio mandatario sigue infundiendo miedo en la población, con el anuncio de la llegada de otras epidemias como el dengue y zica, lo que provocó que muchos se pregunten si es que necesita más excusas para prolongar la emergencia y mantener la falta de transparencia en el gasto de los fondos públicos.

 Bukele no atemoriza por sí mismo,  más bien lo que da terror es el mal cálculo de las consecuencias de sus acciones. Un simple ejemplo: la Corte de Cuentas de la República anuncia un manejó sospechoso de 30 millones de dólares para la emergencia, porque no encuentra los criterios de selección de 100 mil beneficiarios del subsidio de 300 dólares aprobado por la Asamblea Legislativa.

Se trata de una enorme cantidad de dinero -30 millones de dólares- cuya distribución deja enormes dudas, por ejemplo, si fue entregada a beneficiarios como los famosos destinatarios de Paco Flores,  o sea que no existen, o serán activistas de Nuevas Ideas o tal vez pandilleros cobrando para mantener la tregua.

La fe y La religiosidad de los salvadoreños es algo íntimo, personal, propio de la ética y la tradición de la familia, pero en ningún caso una obligación o un dogma absoluto, por constitución somos un estado laico y por lo tanto todos los salvadoreños podemos profesar cualquier religión o ideología.

Frente a esa realidad, imponer por decreto una idea o una creencia religiosa sólo nos conduce al oscurantismo y la dictadura.

Nuestra vida como república ha estado llena de saltos y sobresaltos, como sociedad hemos visto los más nobles actos de humanismo y también masacres y genocidios cometidos por las dictaduras, y así tenemos como un símbolo de la defensa de los derechos humanos a nuestro pastor y mártir San Romero de las Américas y en sentido contrario a muchos militares crueles, como los que ordenaron y asesinaron a los padres jesuitas.

No obstante, parece que como sociedad aún nos falta mucho más por ver a causa de las acciones arbitrarias y antidemocráticas del  presidente Bukele.

Lamentablemente se repitieron imágenes del pasado de policías orando de rodillas junto a sus armas que nos hicieron recordar hechos dramáticos de la guerra, mientras otras nunca vistas en el país ocurren, como la de activistas políticos de Nuevas Ideas, el partido de Bukele, postrados en dirección a la Meca, en una clara muestra de fanatismo.

El propio mandatario sigue infundiendo miedo en la población, con el anuncio de la llegada de otras epidemias como el dengue y zica, lo que provocó que muchos se pregunten si es que necesita más excusas para prolongar la emergencia y mantener la falta de transparencia en el gasto de los fondos públicos.

 Bukele no atemoriza por sí mismo,  más bien lo que da terror es el mal cálculo de las consecuencias de sus acciones. Un simple ejemplo: la Corte de Cuentas de la República anuncia un manejó sospechoso de 30 millones de dólares para la emergencia, porque no encuentra los criterios de selección de 100 mil beneficiarios del subsidio de 300 dólares aprobado por la Asamblea Legislativa.

Se trata de una enorme cantidad de dinero -30 millones de dólares- cuya distribución deja enormes dudas, por ejemplo, si fue entregada a beneficiarios como los famosos destinatarios de Paco Flores,  o sea que no existen, o serán activistas de Nuevas Ideas o tal vez pandilleros cobrando para mantener la tregua.

La fe y La religiosidad de los salvadoreños es algo íntimo, personal, propio de la ética y la tradición de la familia, pero en ningún caso una obligación o un dogma absoluto, por constitución somos un estado laico y por lo tanto todos los salvadoreños podemos profesar cualquier religión o ideología.

Frente a esa realidad, imponer por decreto una idea o una creencia religiosa sólo nos conduce al oscurantismo y la dictadura.

25 de mayo de 2020

25 de mayo de 2020

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *